La Nueva Industria Audiovisual

Y las telecos se preguntan por qué tienen que pagar el almuerzo


Esta mañana se publican unas reacciones de AETIC, una de las patronales de la industria tecnológica y que tiene de socios varias empresas de telecomunicaciones. Se lo imaginan: ¿Y por qué ellos tienen que pagar la televisión pública?

El argumento intelectual es que tienen IPTV’s y que se aprovecharán de las emisiones itinerantes de televisión con sus móviles. La Francia de Sarkozy, el mismo impulsor de la ley Hadopi, ya ha inventado un mecanismo como éste. UTECA, por el contrario, aunque poco amiga de pagar nada como se supone que corresponde a empresarios que cotizan en bolsa, parece que darían por buena cualquier solución con tal de que las públicas dejen de emitir publicidad.

Personalmente siempre he pensado (y tiene que estar escrito por aquí) que la doble financiación crea un engendro que no solo hace competencia desleal, sino que no permite cumplir con las funciones reales que se le supone a una televisión pública. Ahora bien, UTECA no es inocente. Adam Smith decía en La Riqueza de las Naciones que no hay reunión de empresarios del mismo gremio que no termine con una conspiración contra el público para subir los precios. Algo así sucede: UTECA debería solicitar la total desaparición de las televisiones estatales pues así, lo que debiera ser verdadera lógica empresarial, habría más competidores privados y más opciones a algo parecido a la libertad de empresa, pero no es el caso.

Resulta obvio que la patronal del corralito televisivo quiera la permanencia de televisiones públicas sin publicidad: a menor competencia real, no sólo no hay otros recaudando dinero, sino que la ausencia pública no es sustituida por un nuevo competidor. Más en privado, alguien me ha confesado que a poderoso caballero es don dinero no está mal sumarle una consideración identitaria, razón confesa de Sarkozy para la supervivencia a toda costa de la televisión pública francesa, garante de las esencias de la nación y el buen gusto: al fin y al cabo en España lo único estatal que casi queda ya son la Renfe, Correos, las pensiones y RTVE. Supondrán que para este escribidor confeso de la libertad que confiere la libre concurrencia a través de la red, de la autonomía que confiere a los individuos el ciberespacio, esta necesidad de enormes poderes controlando las imágenes le es bastante refractaria. El tema tiene que ver con las preferencias de cada uno, piense el lector como sus convicciones le aconsejen.

Pero es el crecimiento de las redes y del vídeo transmitido en protocolos IP lo que hacen cada vez más extraño un modelo en el que no hay libertad para emitir y en el que únicamente conviven mastodontes organizativos de estructuras carísimas. Extrañísimo que se tengan que financiar unas a otras, que tengan que sostener a una industria incapaz de sobrevivir por sí misma como el cine y más extraordinario y aberrante que nos quieran contar que todo eso salva la cultura. Y más allá de ello, es todavía más extraño que haya personas que quieren crear contenidos audiovisuales fuera de esas estructuras y no tengan derecho a participar del pastel de cineastas y grupos de comunicación, privilegios arrancados a golpe de titular y almuerzos en reservados.

En fin, es normal que haya quienes se y nos rasguemos las vestiduras aunque sólo sea en bits inocentes, pero la tranquilidad de espíritu retorna porque la digitalización y las redes sabemos a lo que conducen. Avisaba Juan Varela: El New York Times ayer redujo su cantidad de papel. En la primera burbuja, se sucedieron las condenas a muerte de los diarios y sobrevivieron. En esta segunda oleada, no la llamaré todavía burbuja, van cerrando más de uno y sus grandes brujos advierten que a lo mejor ni ellos tienen cabida… imprimiendo sobre árboles muertos.

P.D.: para sus pensamientos ulteriores: ¿permitirán las empresas privadas que la televisión pública pagada por ellos emita contenidos que les pueda hacer seriamente la competencia como motos, campeonatos mundiales de fútbol o cine americano menor de siete años? Es obvio que no les van a dar la facultad de decidirlo, pero al basarse en un negocio de lobby esa presión llegará. Se junta el hambre con las ganas de comer: en un concepto determinado de lo público – lo que el mercado no da – esos contenidos deberían desaparecer. Pero entonces el mastodonte se enfrenta a su problema: ¿mil millones al año para que la radio y la tele la vean y oigan unos pocos? ¿para efectuar doble subvención del cine? Think about it.

Créditos: la imagen pertenece a la galería de LexnGer, con licencia CC.