La Nueva Industria Audiovisual

Desconcierto sobre el Ciudadano/Productor y… el cine, claro

Sin que yo sepa cómo y por qué, un meneo ha traído a esta página miles de visitas al respecto de la cuestión ciudadano/productor. He recibido correos electrónicos con quejas y comentarios valiosos y estoy leyendo algunos artículos con algunas ideas confusas, así que creo que hay que hacer algunas puntualizaciones urgentes: en cuanto aparecen las subvenciones de cine el desconocimiento de su funcionamiento y realidad unido a la posición generalmente refractaria de los afectados a una visión actualizada de la propiedad intelectual desborda las pasiones. Por puntos:
Visto todo eso, las preguntas son:
Desgrciadamente, de nuevo el debate, incluyo mi parte de culpa, se ha vuelto a desviar hacia el cine para estar en contra del cine, cuando se trata de una perspectiva más amplia: sobre la naturaleza de la propiedad intelectual y sobre las elecciones sociales del uso de los impuestos. Si las películas españolas gustaran más de lo que se dice, ¿sería la subvención y la compra de derechos obligatoria aceptable?. ¿Sucedería algo si no tuviéramos cine?. Es más amplia porque no hablamos de cine, el cine es una parte de lo que las administraciones públicas pagan en contratos referidos a obras intelectuales y artísticas, muchas de ellas al cien por cien. Entre ellas… Águila Roja.

Hay más cosas a tener en cuenta. Nadie debe olvidar que el marco legal vigente no está diseñado para esto. Es más, con las leyes en la mano nadie debe engañarse: la descarga gratuita es legalmente muy discutible (desde luego, opinable), la puesta a disposición del público de fragmentos de programas de televisión sin autorización previa en YouTube no es en absoluto legal aunque no guste. Tampoco el hecho de que se pague indirectamente con impuestos hace, según la ley, que los dueños sean los ciudadanos, esa es una cuestión filosófica que merece discutir.

De lo que se trata es de que las leyes reflejan un marco doctrinal propio de un mundo tecnológico diferente y en el que se ha desvirtuado hasta el exceso las medidas de protección a los autores/productores hasta llegar, en tantas ocasiones, al absurdo y el abuso: la extensión sistemática de los plazos cuando se encuentra cercano el fin de derechos emblemáticos (Beatles, Micky Mouse) es la prueba más evidente sin tener que llegar a las prácticas de las entidades gestoras de derechos.

Para acabar: debe asumirse que no hay consolidado un modelo de negocio alternativo al tradicional y que asumir el cambio es asumir dolor para todos. Como lo fue el fin de los coches d caballos para el transporte. Muchos no se podrán seguir dedicando a producir lo que producen ahora y puede que muchas obras no tengan sentido comercial y no se puedan hacer: si asumir su riesgo es inviable mercantilmente entrarán en la categoría pura de arte, entendiendo que es arte todo aquello que se hace independientemente de si tiene salida comercial y pese a no tenerla. Y el arte, como nos muestra la historia, siempre vive en un alambre. Los negocios, eso son otra cosa. Confundir arte, cultura y negocio, independientemente de que unas cosas pueden acabar generando las otras, es otro de los problemas.