La Nueva Industria Audiovisual

La TDT de pago como ejemplo de cómo el futuro no debe ser lo que era

Qué alboroto: Cebrián vuelve a presentarse como el salvador y el último bastión de la democracia cuando una decisión gubernamental no le conviene a su cuenta de resultados. Ver la mecánica de la tribuna incendiaria seguida por rigurosísimos artículos sobre el caos de los descodificadores de TDT y todos los medios del grupo PRISA lanzados a muerte contra un gobierno que está imitando seriamente al franquismo (oigan, que lo dice él), da mucho que pensar sobre cómo el susodicho grupo de periódicos, radios y televisiones actúa con la información cuando tiene un interés en ella.
Me da que por la boca muere el pez, pero como la vida es muy complicada y la verdad tiene muchos ángulos, resultaría que la forma y los intereses están viciados pero que, simultáneamente, tiene más razón que un santo. El boomerang de la vida, esa especie de carrusel oriental por el que todo vuelve y se repite, ese presunto karma que te devuelve lo que has hecho en forma de bien y mal podría llevarnos a pensar que, cuando eran los demás los que protestaban por las decisiones que sí eran favorables a su cuenta de resultados (tele de pago cuando todo el mundo la esperaba en abierto, fusiones forzadas, cambio del pago al abierto), puede que tuvieran la misma razón y validez de argumentos que los del flamante Consejero Delegado de PRISA.
¿Es esta pieza una columna de descarga contra el académico e insigne novelista, guardián de las esencias? No, simplemente es poner en evidencia lo que verdaderamente ocurre con el negocio de la televisión desde ese ya lejano día en que el Estado puso fin a su monopolio televisivo y tuvo a bien conceder, siempre vigilantes y atentos a nuestra higiene mental teniendo en su mano la posibilidad de cierre y el Boletín Oficial del Estado, una serie de licencias para que grupos privados ganaran dinero con ella, que es lo que se hace cuando uno tiene un negocio privado y que a mí parece estupendo.
Desde entonces, la cantinela siempre ha sido la misma: gobiernos que han creído que su futuro se jugaba en el control político e informativo de todas las teles que hubieran y gobiernos que terminan atrapados y rehenes de los necesarios argumentos que las televisiones privadas han tenido que dar a sus accionistas, generalmente en los mercados de capitales. Y ahí entra el fútbol: no ha habido presidente del gobierno sin su guerra futbolístico-televisiva que seguramente ha debido darles pesadillas nocturnas ante lo poco que tienen que ganar y lo mucho que perder, todos acusados de amiguismo (con razón) y todos atenazados ante una opinión pública mucho más interesada en el futbolín que en los arcanos de la creación de riqueza.
Así que, Juan Luis, la democracia española se resume en cómo se ve el Madrid-Barça y todos tan contentos. Mientras, dos fenómenos suceden sin que, por supuesto, los mismos grupos mediáticos que claman en la pugna del maná fútbol-tele o tele-fútbol que tanto monta, digan nada: un vergonzoso oligopolio de empresas que deciden el futuro de las comunicaciones y toda esa cantinela – más falsa que un dólar de madera, si me lo permiten – de la información veraz, la pluralidad, la protección de la infancia, formar-entretener-informar, sin que la ciudadanía, el libre acceso de las empresas al mercado y su autonomía frente a los gobiernos importe nada en absoluto. La segunda, la nula importancia de la protección del consumidor.
Dice un amigo mío (que es lector, así que si desea manifestarse desde el fin de sus vacaciones, por favor, que no se refrene) que en el Reino Unido se ha tenido desde el día que se inventó la TDT el respeto al usuario en la cabeza: no se pueden vender televisores que no estén adaptados, los descos no traen sorpresas como el hecho de que no sirvan para lo que tienen que servir. En esta tierra nuestra, el fraude empieza por el hecho de que se promete una revolución digital de la sociedad y nadie tiene un desco interactivo. Ahora se aprueba el pago sin que nadie sepa donde comprar un desco con acceso condicional (parece que, algunos y curiosamente, ya los tienen embaladitos y listos para… el fútbol). En realidad, no sé por qué nadie grita (gritamos) tanto, la TDT de pago se iba a aprobar de un momento a otro, pero se ha hecho en pleno ferragosto y por mecanismos legales vergozantes, incluso más vergonzantes que el famoso registro que se sacó un ministro de la manga tras un consejo de ministros y tuvo que rectificarlo, todo justo a tiempo de que llegue la liga: los analistas políticos nos darán luz sobre las pugnas internas de un ejecutivo que ha tenido que hacer semejante paripé. Yo veré cuando vea alejarse el mar si algún cotilla me pone al día.
Cebrián, ya les he dicho, va y tiene razón: es una chapuza. Tiene más razón todavía cuando dice que la TDT de pago hace falta (hace falta) pero su lamento, en realidad, lo que supone es que debemos librarnos de tipos como él, dicho con todo respeto a su persona y logros (que son muchos), tipos cuyo trabajo consiste en presionar gobiernos para obtener ventajas regulatorias en un negocio que, hasta hace casi nada, sólo podía concebirse con el reglamento gubernamental en la mano. Va siendo hora de que la revolución tecnológica se traslade a terminar con este juego de capitalismo de amigos donde el espectador sólo cuenta para sacarle dinero: fibra óptica con la universalidad que tiene la cobertura atmosférica y, como sucedió en los siglos pasados, creer en la libertad de emitir como se creyó (y seguramente Cebrián cree) en la libertad de imprenta. Favorecerá a las empresas y a los consumidores ¿no iba de eso lo de la pluralidad, el derecho a la información veraz y tal y tal y tal…?
Post-scriptum: en fin, se me acabó el mar y la abstinencia de escritura que me impuse para descansar, pero la serpiente de verano tenía que tener su crónica. Después de todo, yo a esto siempre lo llamo industria del entretenimiento.