La Nueva Industria Audiovisual

Un canal para adultos en Canadá: ¿valen las mismas reglas de televisión en la convergencia?

Hollywood Reporter refiere hace poco la noticia de la aparición del primer canal para adultos genuinamente canadiense. Hasta ahora, los canales inconfesables distribuidos en Canadá tenían origen norteamericano y, parece ser, múltiples objeciones morales hacían estos contenidos dificultosos.

Lo más interesante son una serie de observaciones que realiza el artículo y que, en mi opinión, demuestran los problemas de la regulación televisiva pensada en la era analógica y de la escasez y que carecen de mucho sentido cuando la abundancia de contenidos es tan ilimitada que lo más que puede recordar es el quiosco de prensa: nadie está preocupado por regularlos, salvo si son televisión. Una advertencia: hablamos de cine para adultos también conocido como pornografía, ese género maldito. Por tanto, y aunque lo asumo, espero que los comentarios que vaya a hacer no sean vistos como un ataque a la mujer y la condición femenina. Es un hecho: mis lectores más interesantes, así en promedio, son lectoras.

Dicen que los reguladores canadienses han advertido al canal que deben seguir los códigos sectoriales acerca de la violencia y la representación equitativa («equitable portrayals») de los sexos. La ley, es la ley y, si está en la ley, debe hacerse. ¿Pero cómo se realiza y, lo que es más complicado, se supervisa la equidad de género en algo como la pornografía? ¿Incluyendo la producción de películas dirigidas por mujeres? ¿Contando los minutos que aparecen unos u otros?

Además, en cumplimiento con otras reglas, hay que asegurarse de que el 20% de la producción debe tener origen canadiense, lo que conduce al establecimiento o fortalecimiento de una industria del porno de vídeo en Canadá, que no sé si es exactamente lo que se pretende con este tipo de regulaciones destinadas esencialmente al fomento de la cultura y la identidad local. Obviamente dará trabajo (los técnicos, ¡claro!) y seguro que es posible encontrar una singularidad definitiva en el camino canadiense a la pornografía, pero no creo que es lo que estuviera en mente del regulador.

Si bien esto último entra dentro del terreno del fomento de la producción y tiene otro debate, la reciente Ley General Audiovisual española acaba de terminar con esas emisiones de pornografía en abierto con emisoras locales de dudosa legalidad. Este tipo de cosas tienen siempre una justificación moral en la protección de la infancia. De paso, los gobiernos suelen insistir en todas las buenas intenciones que como sociedad tenemos: equilibrio de sexos, presencia de minorías, etc. y tienen como cobertura para su enunciado y enforzamiento el disfrute de una licencia pública. Como en el caso de algunos programas vespertinos, muchas personas y muchos comentaristas de la televisión se suelen indignar por la violación del horario protegido y por el tipo de contenidos de tan altísimo valor educativo como constructos del calibre de Mujeres y hombres y viceversa.

¿Todos estos años de impunidad audiovisual han creado daños irreversibles en nuestra juventud e infancia? El argumento contrario, el de que nadie debe dejar al televisor como niñera de sus hijos invitando al control parental se arguye con frecuencia y con poco éxito: es más popular regular y, aparentemente, de justicia y buen orden. Sin duda, los años de la televisión escasa, creadores de esa notoriedad e influencia salvaje que ha tenido y tiene en nuestros comportamientos, invitaban a crear normas donde una escasez compartida por tanta gente no entrara en conflicto con las preferencias morales de los espectadores. ¿Pero qué sucede con la era de la abundancia que llega y nos inunda?

Si el proceso de convergencia tecnológica nos conduce a la personalización del consumo y la fragmentación de audiencias, las limitaciones de contenidos por criterios morales o las de tiempo de publicidad terminarán por ponerse en evidencia como un contrasentido y claramente contrarios a los modelos empresariales que en un modelo de tantas opciones se puedan crear, precisamente porque va a ser difícil ganar dinero. Hay una razón clara: existiendo millones de páginas en internet (de texto y vídeo), miles de publicaciones escritas y, hasta las bibliotecas personales de cada familia (antes del e-book, pero ahora más con el e-book) la posibilidad de que la curiosidad infantil y adolescente tropiece con determinados aspectos de la vida que suelen generar silencios y dificultad de explicación son verdaderamente elevadas: doscientos, trescientos, los canales que sean en el televisor sólo es un elemento más. Sean ustedes padres y madres y creen sus reglas en su casa (como ya hacen tantos con las consolas) y aprendan a dotar de criterio a sus hijos: la regulación por mucho que quieran no van a poder evitar que encuentren émulos del Marqués de Sade.

Obviamente para un político la tentación es demasiado fuerte y el ser visto como un campeón de la protección del público un aliciente estupendo. Por eso, y porque de modo subyacente introducimos un factor censor y de control – aunque sea light -como son los Consejos Audiovisuales, se juzga inaceptable que los contenidos televisivos no estén sujetos a las mismas reglas en las que va a estar ¿por el momento? internet o el tradicional mundo del papel. Tras años de censuras en todos los países, con los depósitos previos, ordenes de secuestro de publicaciones, etc. etc. un editor es hoy día libre de imprimir cualquier contenido a pesar de que un niño puede verlo colgado en un quiosco o abandonado en una esquina.

Empezar a regular para la abundancia y el siglo XXI, empezar como sociedad a asumir que la televisión omnipresente no tiene razón tecnológica o de mercado para seguir con restricciones generalmente absurdas, incontrolables o, simplemente, ineficaces para sus intenciones (buenas, claro está), sería un paso. ¿En qué dirección? Ya saben que en este blog optamos por el mayor entorno de libertad posible para creadores y emprendedores. El exceso de regulación del espectro y de los contenidos transmitidos por el espectro, van en dirección contraria, una dirección que no tienen el resto de los contenidos.

Créditos: la fotografía pertenece a la galería de Myjon, distribuida con licencia CC.