Uno no termina de entender lo de Spotify. Bueno, sí. El problema es el mismo que el de Hulu: los propietarios de los derechos esperan rendimientos mucho mayores que los que ofrece la distribución soportada en publicidad de estos servicios. Ambos casos tienen una virtud esencial visto desde el lado de los intereses de la industria: el público se concentra en un único punto consumiendo con buena calidad productos que, de otra forma, iba a buscar en los espacios irregulares. Monetizados, y no demasiado mal. En ambos casos se han creado experiencias de usuario fantásticas que han supuesto un estándar en la forma de distribuir el audio y vídeo en la red. Por tanto, un movimiento que restringe y complica el uso “libre” corre el riesgo de estimular el regreso a accesos no autorizados. Mientras, los usuarios han descubierto de nuevo (hace poco fue Twitter, hace menos todavía Facebook y su capacidad para censurar lo molesto y hasta la lactancia de bebés, en su día Jumpcut) como la dependencia de servidores centralizados es mucho más arriesgada de lo que pensaban: que abandones, tires, borres o pierdas tus propios archivos para vivir en la nube de Spotify supone que tu acceso a la música depende de ellos. Por eso me parece apresurado el movimiento: meter al máximo de población en un saco donde ya no necesiten tener archivos propios es la mejor forma de control del producto. Como no los imagino tan poco profundos, supongo que se impone la esperanza de mantener los márgenes de la era del CD en las leyes de control de internet (Sinde, et al): pero ese conflicto parece que va a ser duradero y la tecnología ha demostrado hasta ahora que ha sido capaz de superar todas las batallas para restringir el movimiento de bits. Iremos viendo.