La Nueva Industria Audiovisual

Mi primera experiencia con el nuevo cine en 3D


El título melifluo y propio de un descubrimiento adolescente es plenamente deliberado. Con un poco de tiempo libre y tras un almuerzo en esas espectaculares food courts de algunos centros comerciales de por aquí (no sabes si comer koreano o armenio), me encierro a una experiencia de retorno a la pubertad que es verme Viaje al Centro de la Tierra en 3D rodeado de teens que se ponen las gafas al unísono en cuanto les dan el aviso de que la magia empieza ¡ya!. Es que no había otra a tiro y esto uno lo hace porque es un profesional, digo yo: el nuevo Batman es la película del momento, y voy a hacer todo lo posible, pero no estaba a mano.

Mi primera experiencia verdadera de cine en 3D fue en una de esas sesiones que dan en Disneyworld hace unos cuantos años. No he olvidado el plano de un pajarito o una especie de insecto volador que se te pone delante de las narices y que quieres espantarlo. Ni las cosas que te arrojan a la cara y reaccionas tan torpemente como los primeros espectadores de los Lumiere aterrorizados por la llegada del tren: agachas la cabeza.

Casi veinte años después, no hemos mejorado mucho creativamente en lo que el 3D puede aportar. Y esa es la primera sensación que debe mover a la reflexión. Los planos de yoyós que se tiran contra el espectador, pájaros volando a tu alrededor, la práctica de forzar todos los encuadres para mostrar el relieve etc., etc. en el fondo no aportan narrativamente casi nada y creo que, probablemente, terminen de fascinar como lo hizo el miedo a los trenes en cuanto el espectador esté entrenado: hombre, siempre es curioso que Brendan Fraser te tire el enjuague de su lavado de dientes contra tus ojos en un contrapicado muy logrado, pero ya saben aquéllo de where’s the beef? Como la maquinaria de producir 3D está en marcha, la pregunta que me hago es qué hará el talento a medida que vaya dominando la técnica y si podrá encontrar recursos que narren de modo diferente a lo que estamos acostumbrados. En otras palabras, ¿y Scorsese qué puede hacer?

Otras puñetas: te pones las gafas y como que la pantalla se achica. Una desgracia en los pantallones de este país, me pregunto como me sentiré en las salas de los Golem si llegan a estrenar este tipo de cine. Me canso de tenerlas todo el tiempo. En secuencias de paneos rápidos – no sé si estoy demasiado cerca – me pierdo. En muchos planos la sensación de relieve desaparece y es más la de un diorama, como esos teatritos con figuras en dos dimensiones que se insertan en planos diferentes creando profundidad de campo pero no volumen.

¿Alguna buena noticia? Sí, en la animación la cosa es mucho más interesante y el acabado promete mucho más. ¿Por qué lo pienso? Porque te apabullan con tráilers de estrenos próximos que están muy lograditos. ¿Las incertidumbres? Pues una en concreto: todos los ninios que me acompañan en este experimento ¿crecerán entendiendo que la imagen es en tres dimensiones como la mía entendió que era en color y no en blanco y negro y les parecerá normal consumir las pelis con gafas o con la tecnología que suprima las gafas, que en ello están?. ¿Qué haremos con la gente que usa gafas para poder ver mientras el sistema requiera de esas otras gafas? Mientras existan versiones en 2D y 3D de estos lanzamientos, el efecto sobre la piratería quizá no sea significativo.

Por último: ¿está aquí para quedarse? Hollywood Reporter publicaba ayer la noticia de que la asociación de ingenieros de televisión iniciaba los procedimientos para fijar los estándares de la estereoscopia en la televisión que todos conocemos. Parece una tendencia simplemente inevitable y, como siempre, la pregunta que rodea a la nueva industria digitalizada es saber dónde está el dinero.

(«Oiga, y la peli, ¿qué tal?». Ya estoy muy mayor…)