La Nueva Industria Audiovisual

Post Goya: el amargo sabor de comprobar que se llegó tarde y no se empieza lo nuevo

Lo han vuelto a hacer. Sin abusar, es verdad, pero lo han vuelto a hacer: olvidarse de que la asignatura pendiente más importante del cine español es congraciarse con su público y no convertirle en culpable, ya no sólo de que no vaya, sino de que se descargue películas. La red estaba muy divertida anoche (¿les han contado que existe twitter y que pueden seguir en tiempo real lo que piensa ese segmento tan seguidor de Muchachada Nui, protagonistas de la gala, y que es el mundo de los seres pegados a la red, los descargadores?). Un comentario repetido por muchos internautas era el hecho de que los antidescargadores están ante una batalla perdida: nadie se descarga cine español.

Personalmente, creo que no es cierto. Creo que sí se descarga. Lo que sucede es que se hace más por curiosidad, por ver cosas que quedan en segunda opción de las preferencias del público y comprobar si merece la pena verlo: como en la música, descargarse algo no implica escucharlo, además de que la oferta amplísima existente, la personalización del consumo de todo, hace que la gente sea selectiva con su entretenimiento. Si tu película no me entretiene o no me interesa, no insistas, dejaré de verla por mucha descarga que haya hecho. Si encimas me pides que te pague, lo llevas claro. Un anuncio sí me vería, oye. Pero no más. Paradójicamente, si ésta conducta es cierta – y creo que lo es en líneas generales – resultaría que la distribución online, en salas y al hogar, es una oportunidad de oro para divulgar trabajos de público menos masivo o que no pueden competir con los productos de alto presupuesto: los segundos expulsan a los primeros en el mundo de la escasez, pero no ocurre en el mundo de la no escasez, la red.

Quedaría el remate de que cuando la película interesa, ya no tiene la etiqueta de cine español, sino de película. Esto es como las marcas, cine español implica para el promedio aburrimiento y la perseveración de ciertos fantasmas que sólo interesan a algunos, pero que parecen convertir en demanda completa de la sociedad. La sociología y el consumo es así: como la SGAE, la intelligentsia del cine español ha preferido darse de mamporros con la sociedad en vez de buscar la forma de que amen su producto, amparándose de modo quijotesco en versiones e interpretaciones de las leyes que no vamos a decir que no tengan fundamento, sino que se ven desbordadas por la historia.

Carmen Machi hizo un gag muy interesante durante la gala: simuló la lectura de los periódicos de hoy repitiendo una serie de tópicos sobre el acto que se han dado todos los años. Yo me preguntaba si lo habían hecho a última hora mirando twitter, porque se decía exactamente lo mismo. La ruptura de vestiduras generalizada, y ya a esta hora de la madrugada se ha publicado una por un ilustre crítico, forma parte del show.

Lo cierto es que es imposible contentar a todo el mundo y que hasta la gala de los oscars cuesta cada año más que guste o que mantenga la atención del público. Me decía la Chica de la Tele que tienen mejores chistes – mejor interpretados, seguro – y que saben reírse de sí mismos. Desde luego. Pero no vamos a poder evitar que haya mucha gente que no le guste. A mí me pareció correcto, pero en un anticipo de lo que piensa ser el corolario de esta columna de hoy, creo que llega tarde a lo que ya no hace falta: costó muchas ediciones que saliera un espectáculo digno y que, a base de imitaciones, aprendieran a realizar un acto de suficiente competencia profesional como para decirle al país que son capaces de borrar esa imagen de productores de obras imperfectas y tediosas que se han ganado con una buena dosis de error de percepción por parte del público. Perdón: el público no se equivoca, por definición. Han creído algo y los que lo hacen no saben borrarlo. Un tema complejo para mucho texto.

La cuestión es que siendo un espectáculo digno (no jurásico, que dice Borja Hermoso) hay cosas que no terminan de superarse:

Dicho todo esto, debe pensarse que debo de ser nombrado listo del mes. No es tan simple como lo cuento, se lo aseguro. Debe decirse, también, que la Academia de Cine no es una institución con demasiados medios, todo ello a pesar de la magnífica sede que el Ministerio de Cultura le ha donado en una de las mejores zonas de Madrid. Y que son más los agentes con tutela e influencia en el cine. Con todo, se trata más bien de un problema de mentalidad en un sector acostumbrado a la reclamación sin hacerse autocrítica pública. Lo cierto es que entre bambalinas casi todas estas cosas se dicen. Bueno, depende del gremio. La maldición es que cuando las cosas se empiezan a hacer bastante bien en términos televisivos, cuando se ha conseguido que la gala tenga un impacto positivo en las recaudaciones de las premiadas, resulta que ha llegado la digitalizacion y ni mi gala ni nuestra oferta al público se han adaptado. Lo de ayer estuvo hecho con absoluta dignidad y profesionalidad, tendrá una enorme cobertura de prensa (más publicidad), pero prevalece una mirada del sector que busca la causa de los problemas en los demás y no en su propio desempeño. Y no ha reducido un segundo la desconfianza de unos espectadores que luego van a ver REC y no se frenan porque sea española.