La Nueva Industria Audiovisual

«Garbo», en televisión: lamento de un espectador contemporáneo

Gracias a la existencia de mi PVR doméstico, ayer tarde contemplé «Garbo», el documental sobre el conocido espía de origen catalán que permitió a los aliados confundir al Alto Estado Mayor alemán acerca del desembarco en Normandía y, con ello, seguramente permitir el fin de la guerra o, como poco, su acortamiento. No hablaré sobre el resultado artístico del documental – tengo algunas cuitas, mi amigo Fernando Alomar tiene otras – pero sí de la experiencia de consumo. Mientras que el programa informativo previo dedicado al producto y su producción ponía los cortes correspondientes perfectamente subtitulados en castellano y atendíamos a las voces originales tanto en el mismo castellano como en catalán e inglés, la sorpresa llega con la emisión real: doblada sin acceso a la banda original. ¿Alguien lo entiende? ¿Un problema de derechos? No es un problema tecnológico, así que resulta incomprensible que en la era emergente de la televisión personalizada ocurra esto en una entidad – RTVE – que se supone está al servicio del ciudadano y, presuntamente, de la cultura.

El otro lamento no es, todavía, culpa de nadie, pero muestra lo que tiene que ser el futuro: en ese programa previo al pase de la cinta se nos dice que se han grabado setecientas horas de entrevistas. ¿Qué le sucede ahora a todo ese material? Es imposible que no haya interés, como mínimo, en otras diez horas adicionales de testimonios que no se tiene acceso pues, como es evidente, el montaje final para el formato largometraje tiene que sintetizar. Y mucho. Pero en la era de los medios múltiples, de la ausencia de límite de espacio, resulta triste, empobrecedor e insuficente que no se tenga acceso a todo ese material para ser consultado. Me regodearé en el dolor: no sólo no está accesible, sino que estando financiado por multitud de entidades públicas aún no se tenga en cuenta este factor en el diseño y puesta a disposición de todo el material para que el espectador pueda profundizar a su gusto. Es cierto, hay que ser justos, que en el momento de la producción la claridad con la que vemos esta cuestión no es la de hace ese largo número de años que lleva la obra en gestación. Pero tampoco veo que el comisariado que realizan las televisiones vaya aún en esa dirección.

Tengo más padecimientos: algo que jamás hubiera pensado antes de existir el vídeo online, ahora lo pienso como una carencia casi insufrible. No se trata sólo de poder acceder al material completo, sino a la opción de remezclarlo y contar la misma historia de nuevas formas y formatos. Por estirar la cuestión, hasta el texto en el que Juan Pujol García, alias Garbo, relata sus años de espía en un libro que al menos puede comprarse en inglés. Qué pena no poder escuchar el testimonio completo de la Condesa de Romanones, espía ella misma en el Madrid de la Segunda Guerra Mundial (y autora de un libro sobre ello). Y tantos otros. Si hay un género que creo que no soporta más no ser concebido como transmediático, es el documental. Eso sí, puesto que en sí mismo lo transmediático creo que cabe describirlo como fenómeno, se lo puede hacer uno mismo: una búsqueda en internet me lleva a una entrevista de una hora que se le hace al personaje en TV3 en los años ochenta. Testimonio, imagen y voz que, por cierto, no aparece en el documental ganador de un Goya. Tendrán motivo para sus decisiones, pero lo echo a faltar.

A más a más, el hijo de de Pujol aparece en el documental asegurando que toma conciencia de la reaparición de su padre por una entrevista de ¡Luis del Olmo! en Protagonistas. Pudiera estar grabado en algún sitio, probablemente fueran los años en que el programa estaba ya en la COPE. No aparece en RTVE a la carta, pero sí se encuentra una entrevista a otro proyecto documental dedicado a la esposa de Garbo, Araceli González Carballo, en prueba una vez más de que las historias son mucho más grandes que un único medio o una única versión: en el trabajo de Edmond Roch no hay apenas rastro de la esencial labor de la mujer, obscurecida por el espía condecorado. Obviamente, la puesta a disposición de los materiales históricos digitalizados de los medios, sobre todo los públicos, tiene un coste y unos tiempos. Pero no imagino una tarea más importante de los medios públicos que esa. Y, siguiendo la senda de la cultura que ya es y será en el siglo XXI, que todo eso pueda ser reutilizado por quien lo desee o necesite, especialmente si el dinero está saliendo del bolsillo de los ciudadanos, si no siempre en un cien por cien, siempre en un porcentaje decisivo.