La Nueva Industria Audiovisual

Televisiones pagadas por todos y televisiones privadas en la red: una de café y periodismo

Uno tenía la esperanza de que Café y Periodismo acudiera a poner el dedo en la llaga: ¿cuánto público y cuánto privado hace falta en una estructura de televisión basada en un esquema de escasez, el espectro? A pesar de que se ha producido en este país algo insólito, que una televisión pública cerrara, el mayor asombro que ha producido este fenómeno es la dolorosa – siempre lo es – pérdida de puestos de trabajo. Pero la pregunta esencial desde el punto de vista de la sociedad es si esos puestos debieron crearse alguna vez.

Que toda la opinión pública española se enfrente por primera vez de modo consciente (al menos políticamente hablando, no tengo memoria de otro momento a pesar de las crisis pasadas) al viejísimo problema de los cañones o la mantequilla que la ciencia maldita – la llaman economía – ha tenido como razón de ser desde que analiza el gasto público, está creando una extraña espiral de silencio en el extraordinario volumen de gasto – deficitario – que realizan los gobiernos por doquier en la televisión. Millán Berzosa se dirigió a los representantes de la televisión pública para hablar «incluso» de su necesidad. Pero el debate no brotó. Salvo la diferencia que nos plantean desde RTVE entre una pública y privada definida en el primer caso como una empresa que tiene el ciudadano como prioridad y, en el segundo, la cuenta de resultados, la indagación terminó.

Si el ciudadano es la prioridad, la pregunta es si es necesario que RTVE tenga seis canales y no pueda fomentarse la competencia más aún, griten lo que griten los privados. O si es necesario que compitan por el liderazgo de audiencia con productos intelectualmente clónicos de los del entretenimiento privado. Y, si olvidamos los clones o la superabundancia de frecuencias, qué coste es asumible para hacerlo. Un miembro del público me decía en los microdebates a cuchicheos de los asistentes: «pero los ejecutivos piensan que para ser pública, tienen que tener público», a lo que servidor, como creo que se sabe, contesté que el drama está servido: si te ven, eres igual que el privado, ¿luego para qué estás?; si no te ven, ¿por qué cuestas tanto?. Supongo que ese debate, en realidad, no le interesa demasiado a los medios, los políticos y, cómo no, la audiencia, que ha crecido con televisiones públicas y tiene un hilo umbilical unido a ellas creyendo en mitos – como el de la calidad, el de la independencia informativa – que son difíciles de sostener.

Pero alguien de los presentes quería tirar flechas: ¿cuándo el contenido público dejará de estar protegido con copyright y pasará a los ciudadanos para su disfrute y reutilización? Si el ciudadano está antes que la cuenta de resultados, la reflexión es pertinente. Como dicen los abogados de las películas gringas, tiene un caso. La respuesta es difícil y no la tuvimos, pero en tiempos en que tantos se llenan la boca con eso del open government, vamos a ver hasta donde llegamos. Felipe González, el otro, el de Zemos, estaría vibrando ante la perspectiva de que los mil culos se movilicen a recuperar lo que es del ciudadano. No, muchos no estarán de acuerdo con esta llamada a la revolución pendiente.

Si ahora digo que el resto del tiempo el debate se nos marchó a caminos recorridos ya hace mucho tiempo, seguramente seré tachado de soberbio. O que peco del error de especialista de sobremesa. Las relaciones con YouTube o la apuesta mayor o menor por presencia en la red de las televisiones se resolvieron como tenía que ser: con la puesta encima de la mesa de los costes de ancho de banda, los modelos publicitarios que no acompañan y ciertas recriminaciones ilusorias (de ilusión o pasión) tan frecuentes entre el freakismo internauta que espera el grial de la red como vehículo para todo sin plantearse quienes pagan los gastos. La crítica al conservadurismo de las cadenas se realizó mejor fuera: Adrián Segovia, desde su casa, mandaba twitts con cuestiones agudas. Mírenlos. La tensión entre el presente y un futuro que el público quiere ya, que las cadenas asumen como irremediable, tiene que hacerse sosteniendo las cuentas de resultados, unas boyantes, otras miserables, de los canales privados. José Luis Muñiz, asesor del Consejo de RTVE, rompió una muy certera lanza en favor del trabajo realizado por las privadas en internet: es mucho, espectacular y muy bueno. Lo ratifico.

Por alguna razón, se nos quedó entonces fuera el verdadero debate de futuro: la hora de poner los contenidos en internet, la hora de la experimentación pura, la hora de creérselo ha pasado. Y el modelo actual ya ha alcanzado su límite. Ninguna cadena va a volver atrás en internet ni en los móviles, pero todas ellas se enfrentan a la siguiente fase: modelos publicitarios nuevos e integrados de modo efectivo (no como un regalito) entre el contenido lineal y el contenido bajo demanda y la era de la fusión entre la televisión tal y la conocemos e internet… tal y como lo conocemos. No, GoogleTV no apareció. No, el debate de estándares para la combinación de experiencias broadcast y online no apareció y sí llegó el del empleo de periodistas. Tengo tendencia a pensar que el periodista tiende a estimar la televisión como un medio informativo y no como un espectáculo que, a veces, da noticias. Creo, también, que esto es producto de las sensibilidades creadas en nuestra historia reciente (durante años había que advertir de lo que era directo o grabado por aquéllo de las sospechas de censura). Pero, claro está, esto se llama café y periodismo, es un sesgo que no se puede evitar. Un café que vivimos con cervezas y cocacolas en ese estupendo punto de temperatura que da su refrigeración cuando están metidas en cubos con agua y hielo. Estuvo bien.

P.D.: Eduardo Collado, el mítico pionero del videoblogging español hace la crónica de los viejos del lugar. Está muy interesante. Y deja un vídeo en el que extrae únicamente la explicación de José Luis Muñiz sobre los retos de adaptación que afrontan todas las televisiones y… la SGAE.