Los acontecimientos sobre el drama de las televisiones públicas en la era digital se suceden.
Antes de entrar en arena, les referiré el contexto desde el que juzgo, que no es la primera vez que enuncio: en un mundo de abundancia digital y multitud de oferta de contenidos, las televisiones públicas que aspiran a ser relevantes (léase tener audiencia) no tienen más remedio que buscar contenidos que atraigan a multitudes. Pero si atraen a multitudes, sólo pueden hacerlo por el mínimo común denominador de su gusto: fútbol o corazón como ejemplos muy evidentes de lo masivo. Al hacerlo, pronto se descubre que lo que hacen lo puede hacer perfectamente una televisión privada que no incurre en ninguna clase de déficit financiado con impuestos del ciudadano.
Por el contrario, si se deciden a concentrarse en aquello que esa oferta privada no puede ofrecer, por la misma lógica están condenados a audiencias mínimas opuestas a la idea de relevancia que manejan. Y esa falta de relevencia se efectúa a un coste desmesurado para el bolsillo de quienes pagan la fiesta. Todo ello suponiendo, además, que quede algún tipo de contenido que no sea producido o producible desde el mundo privado. Mundo privado es todo aquello que no es público, es decir, desde empresas mercantiles, asociaciones, artistas sueltos y cualquier otra cosa que se supone que es la sociedad. Con apellido civil si gustan.
El colmo del disparate español, que es el disparate por antonomasia, es ver cómo el mismo partido de fútbol lo da una cadena privada de cobertura estatal y, simultáneamente, una cadena autonómica que ni siquiera puede alegar una lengua propia como excusa para la duplicidad. Eso no conduce a preguntas en el Parlamento mientras le reducen a cualquiera el importe de su pensión, por no hablar del famoso cuarto poder al servicio de la opinión pública, con intereses directos en el juego de concesiones.
Acontecimiento reciente para el drama número 1: cierre de la web de noticias de la televisión holandesa. Se argumenta que compite contra el sector privado. Muchos lo ven como un error. Otros lo verán como un horror. Pero, si acuden a la lógica que les propongo, tiene todo el sentido del mundo. El estado no hace periódicos y, en el caso español, dejó hace mucho de hacerlo. Tener un competidor formidable que no puede perder dinero, bajo el argumento dichoso de la pluralidad y la independencia (recuerden: los contenidos en la abundancia digital no tienen barrera de entrada ni límite de espacio) debiera ofender la inteligencia. Cabe decir, en era multimedia o transmediática, que el producto noticioso no es sólo o únicamente el vídeo. Y tienen razón. Pero a lo que vamos es a la esencia, ¿es legítimo que en espacios de competencia real el privado tenga que competir contra alguien que no puede quebrar nunca y puede soportar cualesquiera pérdidas porque siempre vendrán al rescate?. No es el primer caso como creen algunos, a la sacrosanta BBC le obligaron a algo parecido: a enlazar a todos los servicios privados que daban la misma noticia. Y el argumento fue el mismo.
Acontecimiento reciente para el drama número 2: la renuncia de RTVE a competir sobrepujando por derechos deportivos. Esto tiene toda la lógica: si un acontecimiento deportivo es de interés general (aunque a saber lo que es eso) y lo puede cubrir una empresa privada, no es necesario que aparezca el dinero de todos para pagarlo. Obviamente, la queja que reflejan los noticieros es que conduce previsiblemente a una reducción de audiencia. Parece que renuncian a un contenido alternativo. ¿Diabólico, no? Por aquello de la pluralidad y la diversidad. Los que supervisan el tinglado – y no exponen su propio dinero – ponen el grito en el cielo y le piden al director de la cosa que, al menos, lo intente, que no se quede en el primer precio. ¿Qué concepto de público tienen? ¿Que se vea a toda costa pagado por lo público o que se vea? Si lo paga el privado ya se ve: necesidad cubierta, el dinero puede ir a otros fines.
Pero igualmente llamativas son las opiniones que ponen el grito en el cielo por el resultado final de la regulación impulsada por la Administración vigente: del sueño de la pluralidad, al práctico duopolio del control de la publicidad creando un mercado en el que competir en condiciones serias es inviable. Un resultado poco edificante del que se tiende a culpar a la retirada de la publicidad en RTVE. Aclarémonos: si un mercado está adulterado por un regulación deficiente que condiciona la creación de ese duopolio, también estará adulterado cuando otro jugador lo hace con doble financiación. Es decir, nos olvidamos de que el verdadero problema de la era digital no es la milonga de la pluralidad sino, ahora que las barreras de entrada se han diluido o incorporado nuevas formas de hacerlo, que la cuestión regulatoria se oriente a crear condiciones para la competencia real: ¿algún político, periodista económico o defensor del libre mercado se ha preguntado por qué ante el enorme número de frecuencias que se han habilitado no se ha permitido que entren nuevos en igualdad de condiciones y se le dan canales a diestro y siniestro a los que están?.
El argumento que suele esgrimirse es el de la sostenibilidad. Lo que quieren decir realmente cuando hablan sostenibilidad es que el modelo sea «sostenible» porque nadie pueda quebrar y todos los actores puedan vivir dignamente de su ingreso publicitario. Nótese que nadie espera que los fabricantes de cerveza ni los panaderos tengan esa suerte: si no les compran sus viandas, se quedan sin rescate y deben pensarse su vida y su futuro. Pero, si es televisión, no: pareciera un drama social que la Sexta pudiera quebrar, cuando es una premisa con la que todo empresario se supone que tiene que jugar. Si eso ocurriera harían como todo el mundo, solicitar su concurso de acreedores. Si las licencias se hubieran repartido individualmente al mejor postor y no reforzando el poder de grupos preexistentes tampoco deberíamos avergonzarnos de que alguna quebrara: sitio nuevo para otro entrante. Pasa con los fabricantes de zapatos también.
Al final resultaría que lo público como se defiende es permitiendo que, efectivamente, haya multitud de opciones con necesidad de demostrar su razón de vivir y dedicando el dinero que nos cuesta sostener algo que ya tiene entidad para ofrecer una oferta amplísima a otra cosa. Igualmente, resultaría que lo público consiste en que el estado y los mercados no queden en manos de unos pocos. Recojo una cita de Von Mises que reseña mi amigo Rafael Herrera en su último libro (Adios al Orden) que presentó ayer en Madrid:
Una economía de libre mercado no es un sistema recomendable desde el punto de vista de los intereses de empresarios y capitalistas. El interés particular de un grupo o de individuos particulares no tiene necesidad de la economía de mercado; es el bienestar general el que lo necesita. No es cierto que los defensores de la economía de mercado sean defensores de los intereses egoístas de los ricos. Los intereses particulares, de los empresarios y de los capitalistas invocan el intervencionismo para protegerse de la competencia de individuos más eficientes y activos. El libre desarrollo de la economía de mercado debe tutelarse no por el interés de los ricos, sino por el de todos los ciudadanos.
No me recuerda a Uteca. Permítamenme ahora la conclusión: la única televisión verdaderamente pública válida es un marco regulatorio que no permita, como ha sucedido, que los intereses particulares de una serie de grupos de empresas de medios, sumado a la connivencia y compadreo de los partidos políticos imponga situaciones de escasez artificial, restricción de acceso al mercado y normativas realizadas a la medida de la rentabilidad de los jugadores existentes. Tampoco es un lugar donde con excusas falaces e imposibles de garantizar (pluralidad, independencia, etc.) se tome dinero de los ciudadanos para reproducir los mismos contenidos que ya se tienen sin déficit público o sin competencia desleal.
P.D.: «Pero, ¿y no dice usted nada del drama número 3? ¿El lío tremendo de la financiación de RTVE con cargo a cuotas a terceros que tanto litigio parece tener con la Unión Europea?» Pues debiera. Ese es un episodio que va para largo, pero es una muestra más del conflicto que servirá de moneda de intercambio o flecha arrojadiza en el próximo ciclo reivindicativo de los lobbies de telecos y teles privadas. Además, siempre puede un buen contrato con la teleco más influyente para que lo que una mano da, la otra lo recoja.
Créditos: la fotografía pertenece a la galería de Kevindean, distribuida con licencia CC.