En un encuentro relacionado con Ibermedia, un jovencísimo realizador chileno me dijo que él estaba contra la piratería hasta que se sentó a hablar con un director chino y comprendió el valor del plagio creativo y el valor de la difusión: saliendo de un mercado tan pequeño como Chile su necesidad de ser visto en todo el planeta era prioritaria, escuchar al chino diciéndole «yo lo copio todo y luego lo mejoro» le cambió la mirada del mundo. ¿Recuerdan el tópico de las cámaras de fotos japonesas? Se tomaba un modelo occidental, se desmontaba, se aprendía a hacer igual y cambiaba la marca: la calidad era pobre al principio, pero cada nueva evolución mejoraba siempre a precios más bajos. Occidente aprendió a competir con Japón, aunque industrias enteras, como la del automóvil, se vieron redefinidas por toda una cultura industrial y de organización del trabajo.
En definitiva, es más que probable que la innovación provenga de sitios sin servidumbres con el pasado ni estructuras de intereses creados. En India, China o Nigeria, por ejemplo, la estructura de salas de cine tiene funciones verdaderamente distintas a las que le damos en Occidente. Por no hablar de los hábitos del público a la hora de construir sus experiencias de entretenimiento: la mirada sagrada a la sala, toda una legislación que construye ventanas obligatorias para conducir una explotación intervenida por el estado se torna muy poco relevante en sitios donde el poder adquisitivo es reducido, donde Hollywood interesa como espectáculo y donde, a pesar de tanta cantinela sobre la muerte de la diversidad cultural, se crean expresiones de ocio locales impensables en el mundo desarrollado.
Tras la lectura de hace un par de días sobre el cine narco en México, José María Peláez me deja un enlace extraordinario de Kevin Kelly (el que recreó toda esa revuelta con lo del nuevo socialismo como consecuencia de la vida en red) con una revisión amplia de los modelos de negocio del cine hindú, el nigeriano y el chino. Traduciendo libremente el título, el artículo se llama Saliendo adelante entre piratas y es una pieza que confirma muchas de las intuiciones que teníamos sobre el pasado y el futuro de la producción audiovisual de entretenimiento.
Para empezar, en un mundo sin conexiones a redes ubicuas y baratas pero en el que la tecnología de copia es accesible, el precio de la copia legítima es sólo un poco mayor que el de la copia ilegítima. Hay una ventaja en calidad en la original y no constituye, en realidad, ninguna sorpresa: todos sabemos que el coste marginal de cada copia digital se aproxima poderosamente a cero en las redes y al coste del soporte fuera de ellas. En el primer mundo pagamos un sobreprecio extraordinario con respecto al coste de la copia que la industria justifica por la economía de un sector en el que los éxitos pagan por los fracasos, siendo los segundos mucho más abundantes que los primeros.
Pero no siendo interesantes los fracasos para la mayoría, siendo los costes y la tecnología de copia tan simples, el incentivo para pasar lo que se vende a más de veinte euros a muchos menos de diez es elevadísimo y eso se llama top-manta. Ayer uno de los abogados de tecnología más destacados de España me contaba que había comprado Ágora – legalmente- por 6,95 euros: es un hecho cierto que una vez realizado el lanzamiento en DVD los precios caen y el precio medio de un DVD en cuanto ha envejecido el título cae muchísimo. En mi opinión, de modo insuficiente para no seguir creando incentivos al comerciante de ventaja, a las redes con archivos de baja calidad o la percepción entre el público que llegará gratis o a un euro distribuida con un periódico: las expectativas cuentan mucho en economía y los consumidores se ajustan a ellas.
Una diferencia mayor es que los productores nigerianos controlan ellos mismos la distribución de las copias de una forma que en Occidente no se puede: ese diferencial de precios que mantiene todavía la copia del top-manta con la copia legítima rebajada tiene que pagar una estructura de distribución con márgenes internos procedentes de almacenes, furgonetas y cadenas minoristas: se hace obvio que su aportación de valor es realmente mínima.
Las sorpresas no terminan aquí. La cantinela de recrear experiencias no copiables para seguir vendiendo entradas es, de nuevo, cierta. Kelly señala que ni en India ni en Nigeria los particulares tienen acceso al aire acondicionado, así que proyectar estas películas en cines refrigerados son una experiencia muy interesante, convirtiendo la película pirata y la legítima en anuncios para ir a ver la película en otro entorno donde la recaudación está más controlada. ¿Nuevo bajo el sol? Para nada: Kelly lo compara con el efecto 3D en Occidente pero, los que vivimos en un país del sur como este, ex-periferia, podemos recordar con años suficientes como en el tórrido ferragosto de las capitales españolas los cines en verano tenían anuncios casi más grandes que el correspondiente a la película donde con letras que rememoraban bloques de hielo se decía: refrigerado. Ir a estar fresquito era una buena razón para buscar una película.
La combinación legal/pirata que permite convertir el producto en anuncio para obtener ingresos añadidos en cines cuya motivación es una experiencia diferente, permite evaluar otro hecho que conocemos de la industria del software que Kelly no considera y que lo mismo no tiene la conformidad de mi amigo Juanjo Carmena: el efecto red creado por la difusión masiva de tu producto. La piratería fácil del software en entornos domésticos hace que los usuarios aprendan unas herramientas sí y otras no, así que en los entornos de pago – software preinstalado, licencias a empresas e instituciones – el usuario reclama el producto que sabe usar que, por el mero hecho de ser conocido, ya parece mejor. Es decir, la piratería de vídeo en Nigeria y La India extiende la difusión del producto para reclamarlo en zonas de pago.
Otra consideración no presente en el artículo merece hacerse sobre, al menos, el producto clásico hindú: es más fácil de verse varias veces. Uno de los problemas de la explotación audiovisual frente a la música, es que la misma pieza musical se escucha muchas veces en la vida, pero raramente repetimos películas. O sí. Los segundos pases siempre han tenido intención de captar públicos que se han perdido el pase original, aunque hay un selecto grupo de fans que puede ver infatigablemente sus obras de referencia. Los tropecientos pases que lleva Aquí no hay quien Viva en las cadenas temáticas debieran hacernos pensar. Pero mucho más el cine hindú que, por supuesto, responde a clarísimos patrones culturales, donde la estructura narrativa (sabida de memoria por el público) está repleta de escenas de baile y canciones que entusiasman a los seguidores. Pasiones como las que muchos tenían y tienen por Moulin Rouge: además de los elementos de precio y experiencias no copiables, el diseño del producto tiene algo que decir (recomiendo leer esta nota que hice sobre Coppola).
Se alarmaba Isabel un tanto, volviendo al narcocine, ante la presencia del dinero de las bandas de traficantes en la financiación del entretenimiento popular mexicano. Resulta que las conexiones entre mafia y películas en La India también existen. ¿Es esto un rasgo propio de los países en desarrollo? Atención, porque voy a decir algo por lo que lo mismo me tiran piedras: ¿puede compararse el blanqueo de dinero, la glorificación de criminales con su propio dinero con las desgravaciones fiscales para producir cine? En forma de incentivo para la industria cultural, países como el nuestro desarrollan esquemas fiscales que pueden considerarse sonrojantes si se miran con las posibilidades que tienen los particulares y destinadas a películas que no ganan dinero pero en donde los propietarios tienen excelentes sueldos.
No, no es evidentemente ni exactamente lo mismo, pero pone el dedo en la llaga sobre aspectos de esta industria tan difícil: ganar dinero haciendo películas es extremadamente complicado, pero la difusión que genera ha interesado siempre a la propaganda de gobiernos y magnates, así que ambos han estado dispuestos a poner dinero a fondo perdido para defender supuestos ideales culturales, democráticos, raciales y de toda índole, y otros a lavar su imagen o lanzar las carreras de sus queridas, hijas e hijos. Para estos menesteres, el origen del dinero entra muchas veces en entornos de morales cuestionables desde muchos ángulos y no sólo en el mundo en desarrollo.
Las conclusiones de Kelly, por terminar, son las esperadas, pero no por ello resuenan en los tímpanos de manera menos rotunda:
«Contrariamente a las expectativas y los lamentos, la piratería generalizada no mata la producción comercial de películas. Prueba existente: las mayores industrias de películas del planeta. Lo que hacen hoy, es lo que haremos en el futuro. Esas tierras alejadas que ignoran las leyes del copyright están ensayando nuestro futuro».
Conviene decir que India o Nigeria hacen muchísimas películas, más que los norteamericanos. No digamos que las que hacemos aquí en nuestro pueblo. El cine narco, también.
Créditos: la imagen pertenece a la galería de Bruno Magrani, distribuida con licencia CC.
Actualización: a fecha de hoy (20 de diciembre de 2010), publico una entrevista con Javier Urtasun, navarro que ha realizado la primera coproducción con Nigeria. En ella he descubierto un error contenido aquí: el productor no controla la distribución, le vende una exclusiva al distribuidor por un precio fijo. Mejor leerla.