En el enésimo proceso de reforma de la legislación de cine española parece ser que se ha decidido crear una gran comisión junto a varias subcomisiones. El clásico suele decir que un camello es un caballo diseñado por un comité, pero siempre hay que dar crédito a los intentos de mejorar las cosas, momentos repletos de buenas intenciones. De las descripciones de los trabajos parece que se discutirá sobre “los nuevos modelos de negocio”. El contexto de declaraciones, debe decirse, es el más interesante desde hace lustros: incentivos fiscales, mecenazgo, menos dependencia de la subvención directa y lo que parece que será más paz con las televisiones. En este mundo feliz se insinúa que se desea un modelo estable y duradero para el futuro, lo que también suena excelente. Un servidor, no obstante, se plantea una serie de dudas más que nada por lo que conoce del ambiente y entornos que rodean a los negociadores. En estos tiempos acelerados de cambio – toma tópico – lo de duradero y estable es muy relativo. La ausencia proverbial de pensamiento radical (o disruptivo, que suena mejor) me hace apostar porque existirá una timidez absoluta en buscar espacios fronterizos de ruptura con el pasado: no se trata de cargarse todo, sino de abrir un espacio a lo raro, a lo desconocido, aunque sólo sea por probar. Por ejemplo, si un Ari Emmanuel encuentra oportunidades en el crowdfunding, o si productoras que trabajan para TNT o NBC llegan a sofisticados acuerdos de crowdfunding para el segmento profesional, algo deberían decir los del cine al respecto. Mucho más si lo que más haces son modelos de autor y no de superproducción. Y mucho más cuando ves que Google ya paga contenido original. Recuerden ahora que los editores españoles hicieron Libranda cuando Amazon se les había metido hasta las narices y que el estándar internacional sobre financiación colectiva está a punto de caer en manos americanas. Otro más en el ámbito digital. Lo segundo sería reflexionar sobre el producto audiviosual convergente y no la sacrosanta superioridad cultural de la exhibición en salas: “Internet es ahora el amigo del cineasta independiente. Puede que sea más difícil encontrar audiencia para tu trabajo, pero las cosas que son relevantes hoy día o que son consideradas “cool” encontrarán audiencia” decía David Lynch hace pocos días. Lo de nuevo no puede quedarse en trasladar la película de siempre del videoclub físico a uno online (hacer lo mismo por otros medios), ni en cómo sumarle audiencia para cobrar incentivos o en inventarse nuevas odiseas legales contra los Kit Dotcom de este mundo. Deberá tener la ambición de contemplar la evolución de la cultura audiovisual. Porque para el sistema clásico, desde la francesa The Artist a Lo Imposible (coaliciones internacionales de talento y/o financiación) parece mucho más interesante centrarse en cómo hacer películas globales renunciando a etiquetas culturales como “cine español” para cambiarlo por hacer entretenimiento internacional por parte de empresarios locales. Y dejar la sobreabundancia de películas pequeñas para otros escenarios técnicos y experimentales.