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agosto, 2012

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De la disrupción al armagedón televisivo

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Michel Godin nos pasaba a Versvs, Bianca y servidor un tentador enlace de un articulista de los blogs de la Harvard Business Review: “La inevitable disrupción de la televisión”. Para ser breves, yo también creo que es inevitable la de la televisión, la del cine y la de todo lo que sea imágenes en movimiento. También por ser breves, a Godin le decía que toda la narración de los debates que tiene el autor con los profesionales del negocio televisivo no son nada nuevos, más o menos se llevan repitiendo desde que en Fox España pensaban que las descargas no les afectaban: curioso ver como todas las ventanas de las series se arriman hoy día. Es más, se pasó de mantras como “la televisión se muere” a explicar la enorme resistencia de su infraestructura técnica e industrial. Lo interesante del artículo es que, el autor, especialista en innovaciones disruptivas (aquellas, por resumir, que generan mejoras exponenciales de productividad), aceptando la lentitud de la destrucción del modelo televisivo, explica la duración de los ciclos de la disrupción: de quince a treinta años. YouTube tiene unos seis, el vídeo en la red algo más. Pero, añade, lo importante es que a pesar de la velocidad de las redes y la tecnología de hoy, hacer que el público se haga a nuevas ideas conlleva que se tardaría tiempo en ver cambios significativos. El público parece, sin embargo, muy bien entrenado en cómo descargar sin restricciones, aunque nuevas leyes en todas partes y la extensión de nuevos servicios legales reduzcan la vocación y necesidad de la descarga clandestina. Hace unos meses me ponía a recordar las leyes subyacentes de lo digital rememorando la Ley de Kryder, y concluíamos que no queda mucho para que toda la biblioteca del congreso de los Estados Unidos quepa en un disco de cuarenta dólares. A ver quién es el guapo que inspecciona toda la humanidad en busca de archivos ilegales. La cosa se ponía en el 2020, tampoco importa mucho si se tarda hasta el 2025 en tener todo Hollywood del siglo XX en un disquito enchufable a lo que sea (la memoria avanza que es una barbaridad). Ante esos escenarios, el armagedón del modelo copias y de los precios demasiado por encima de cero seguramente estará servido, aunque sea vía sneaker nets. O puede ser otra ciberutopía digital fracasada. Algo así como la profecía incumplida del peak oil: que, a pesar de todo, el día del juicio final del entretenimiento basado en pago por copia (¿o per view?) no acabe de llegar.

Si había que desmantelar lo público, también lo privado

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La obscenidad del reparto de licencias de televisión no es nueva, pero el último capítulo ha sido especialmente entretenido. Primero Mediaset se hace con las licencias en abierto de Prisa por pura rendición. Luego, en una segunda claudicación, Imagina se entrega a Antena3. Pero, el anteriormente llamado Tribunal de Defensa de la Competencia (que ni era tribunal antes, ni lo es ahora, es decir está a las órdenes del gobierno de turno) decide que la competencia peligra. Bueno, no es que peligre, es que no existe. Una cosa es que haya competición (a ver quién pilla más de la bolsa de publicidad) y otra que haya competencia: lo segundo implica que haya una significativa libertad de concurrencia. Tras decir que peligra, se monta un pollo. Si eso es lo que sale en público, imagínense el pollo en privado, en las llamadas y cenas donde el concurso de belleza que es la televisión (pública y privada) se arregla en función de quién la tiene más grande. La amistad, que dinero siempre hay para esto. Al final, todo se arregla, claro, no se esperaba otro final. Para la redactora de El País, el colapso del telestado del bienestar, se explica con palabras como “botín”, naturalmente más opinativas que factuales, aunque sea un botincillo que, por supuesto, también se reparte entre fuerzas que miden su eficacia por el tamaño de sus amistades. Este es el subproducto del orden industrial de la televisión que, con más o menos dignidad técnica y editorial (la de aquí, bastante más lamentable de lo que a cualquiera le gustaría), ha poblado y puebla el mundo: vestido de tintes paternalistas, estratégicos, propagandísticos y presuntos valores educativos y democráticos, el mundo basado en la escasez de espectro no genera ni el paraíso público que tantos esperan, ni un mercado en condiciones de ese nombre. La tecnología ha cambiado y la proverbial ausencia de pensamiento radical está plenamente ausente de la discusión social: si existe una tecnología que elimina la necesidad de crear cuellos de botella que impiden la libre concurrencia de cualquiera para producir y emitir imágenes y evita la necesidad de un mercado intervenido, ahorrando en el camino dinero de impuestos y evitando que políticos y empresarios terminen con la meritocracia que supone el libre mercado, ¿no habría que viajar hacia ella como programa por mucho que aún no se dé toda la infraestructura técnica? Y uno cree que son precisamente los que más creen en lo mejor que puede realmente hacer una televisión pública los primeros que debieran dar el paso para esa transición tecnológica nada inocente desde el punto de vista de las relaciones de poder.

Hidroaviones o televisiones

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Al ministro de no sé qué le ha salido una perfecta versión moderna del tipo de dilemas a los que se enfrenta la televisión pública, sea aquí o en cualquier allá. En la enseñanza de la economía se enfrentaba al estudiante primerizo con el problema de elección de una economía que sólo produce dos bienes, esas simplificaciones científicas tan útiles: cañones o mantequilla. Cualquiera puede darse cuenta de las implicaciones. Esta crisis, que no creo que a pesar de todos sus males proporcione épicas literarias y cinematográficas como Las Uvas de la Ira, puede que nos deje en la ciudadanía la consciencia del coste de oportunidad: dedicar recursos a televisiones públicas que, casualmente, ofrecen unos contenidos indiferenciados de los privados mientras todo el mundo cree que lo suyo no puede ser recortado. Simultáneamente, la autoridad clásica sobre la televisión, sigue apoyándose en argumentos de la era industrial para justificar… lo que cuesta mucho justificar. Uno de los momentos interesantes del verano. Sigan en el agua, que lo que viene puede que sea peor.

Del espectro a las redes: del fin de la escasez como meta política

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En 2009 yo escribía lo siguiente: “No basta con la red: hay que terminar con el uso privilegiado del espectro por organizaciones que juegan con ventaja en el mercado en cuanto las redes sean ubicuas. Lo poco que no llegue, satélite. Y dejar el espectro para acceso en movilidad. Algún ingeniero sabrá diseñar esto. Es una cuestión de libertad y derechos civiles: ser libres para emitir, evitar gobiernos secuestrados por los intereses de los grupos de comunicación y disponer de grupos de comunicación que no tengan que secuestrar gobiernos para salvar sus cuentas de resultados. Se supone que su función en las democracias, es controlar a los gobiernos permitiendo que la opinión pública esté informada de modo independiente. Que no quiere decir que no sea partidista o partidaria, sino que no está sometida al interés del boletín oficial del estado. Y porque entonces, de verdad, será plural.” Referido por Enrique Dans, me someto a la lectura de una serie de extensas, complejas y fascinantes (sobre todo por lo implícito) recomendaciones y análisis sobre el futuro de la banda ancha en el Reino Unido realizadas por su Parlamento. Las citas decisivas están en sus apartados 141 a 143 e inequívocamente invitan (que no obligan) a dejar el uso del espectro para asegurar una red de alta capacidad facilitando las solución del problema de la última milla. Decía que el informe es fascinante de modo subyacente porque toma partido por un espacio abierto y destinado al uso civil (es decir, entendido como una autopista para todo el que quiera usarla) sin parecer en ningún momento político. De hecho el trabajo es condenadamente técnico, sofisticado y repleto de matices, pleno de argumentos en favor del fin de la brecha digital de personas y territorios. Quizá por ello, no se aborda la cuestión de fondo en lo que tiene que ver con el negocio audiovisual: la propuesta lo que implica es eliminar la escasez implícita en la regulación del espectro por un entorno donde, en la práctica, no hay límite de espacio. Y, si no hay límite de espacio, se acabó la excusa para regular la publicidad, los contenidos y, especialmente, el quién. Quién puede emitir y con qué potencial. Televisión y radio a la altura de lo que fue el papel o lo que es crear una página web. El informe es consciente del salto que suponen sus propuestas (no solo estas, todas) y la dificultad y el tiempo que requieren. Lo aclaran con el consabido nadie dijo que sea fácil, sino que es pertinente, dicho en mis propias palabras. Por cierto creo que los del cine, debieran pujar por este tipo de soluciones porque les abre muchas oportunidades, en vez de llorar por esquemas obsoletos, tengan la vida artificial que tengan. Y para terminar, darnos cuenta de que, efectivamente, hay espacios institucionales donde sí hay capacidad para el pensamiento radical. No es aquí, claro.

Pereza europea y radicalidad de pensamiento

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Mucho se ha movido el artículo que The Economist ha publicado acerca de los pobres resultados de Europa como creador de grandes empresas en las últimas décadas: resulta que desde los años setenta sólo ha sido una y se llama Inditex. La pregunta de fondo es por qué alemanes, franceses, británicos, españoles y todos los demás no logran lo que California, tan grande como cualquier país europeo, sí ha conseguido en esos mismos años y que son nada menos que veintiséis en esa categoría de empresas grandes. Tampoco parecen los europeos tan listos como los israelíes y su fuerte presencia en el NASDAQ. ¿Por qué cuento esto? Porque en ese mismo artículo – fechado, además de en otras ciudades también en Madrid y que huele a Martín Varsavsky como fuente por todos lados – aparece el caso olvidado hoy de Anil de Melo y Mobuzz. Pocos recuerdan ya el servicio y su polémico cierre, pero una de las cosas de los elementos de debate fue la legislación española sobre los pagos a empleados en casos de quiebra. Es decir: el riesgo de fallar y estar condenado por ello durante años por los costes de los despidos es enorme en Europa (incluyendo los que se dan en circunstancias normales y que hacen difícil para nuevas empresas contratar talento con experiencia). Además de Mobuzz, hubo otra pérdida histórica, la de Nikodemo, enfrentada a serios problemas de falta de financiación adecuada y de estructuras de inversores capaces de entender y empujar un producto de entretenimineto de enorme éxito. El valor de todo ello hoy es el tipo de mentalidad que seguramente nos rodea: un extremado pudor hacia el riesgo y un enorme conservadurismo ante las posibilidades de lo nuevo. ¿Qué interés tiene todo esto? Contemplar las reacciones del lanzamiento de Carmina o Revienta permiten ver la misma prudencia que esconde la aversión total a cambiar, a innovar y a explorar el potencial del nuevo territorio descubierto para eliminar muchas de las limitaciones anteriores. Como señalaba Xavier Vives hace pocos días, hay un estado social en el que «la gente piensa más en defender derechos adquiridos que en cómo generar la riqueza necesaria para hacer efectivos estos derecho», algo que podemos trasladar al intento desesperado de agarrarse a las distribución y producción tradicional preservando las mismas carencias e inercias que hacen de Europa no sólo incapaz de crear grandes empresas de nuevas tecnologías, sino hacer posible el sueño de sus legislaciones de protección cultural: lograr una presencia en el mercado capaz de competir con el entretenimiento americano. El pensamiento radical sí parece ser posible ser encontrado en el resto de Europa, pero en nuestros pecios pensar en radical (lo que sería olvidar las premisas del siglo XX para encontrar nuevas ventajas competitivas en el siglo XXI) es, simplemente, hacer apuestas por el desprecio: esa insistencia en que todo son excepciones y que no vale para la mayoría (sea crowdfunding o distribución directa por internet) esconde el deseo de no cambiar nada. Dicen en The Economist que en Europa somos buenos abriendo peluquerías y tiendas de la esquina.